Mira a tus demonios a los ojos.
Últimamente mi algoritmo me ha estado mostrando mucho a Mike Tyson. Hay algo en la evolución de su identidad que me cautiva. En parte eso y que también habla frecuentemente acerca del contraste entre el personaje que todos veíamos arriba del ring y el ser humano que se escondía detrás de él.
Porque este peleador feroz, dominante e imbatible ante nuestros ojos, también tenía miedo. También era un Tyson con dudas, agobiado por sus demonios y con síndrome del impostor.
Me crucé por ahí hace poco un video en el que habla de la presión. Mike es un filósofo. Él dedujo para sí mismo que, antes de una pelea, el momento de mayor presión llegaba por pensar demasiado en recibir el golpe. No cuando los recibía.
Mike dice que pensar en recibir el golpe es un millón de veces peor que recibirlo en sí. Y que eso es lo que le generaba presión. El temor a fracasar. Hasta que eventualmente entendió que lo mejor que le pudo haber pasado fue precisamente eso, fracasar.
Porque así fue como se dio cuenta de que en realidad nunca fue tan grave como lo imaginó, y eso le permitió atravesar el miedo a seguirlo intentando.
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"No conoces la iluminación fantaseando con la luz, sino haciéndote consciente de la oscuridad."
- Carl Jung.
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Cada uno de nosotros es consciente de sus propios demonios. Para algunos pueden ser el pararse frente al público y expresarse, permanecer en algún lugar que te reprime por temor a lo desconocido, evitar asumir una responsabilidad mayor por no sentirte capaz, tener esa conversación incómoda o ver a esa persona a la que has evitado en años por alguna situación particular...
Podemos pasarnos la vida entera huyendo de nosotros mismos. Postergando decisiones y formulando excusas para justificarnos. Pero el problema de alimentar demasiado nuestros miedos es que eventualmente comienzan a sentirse como una verdad innegable.
Pensamos tanto en recibir el golpe, que terminamos viviendo como si ya hubiera ocurrido.
El miedo pierde poder cuando dejamos de correr. Cuando un diciembre cualquiera ves a tu demonio a los ojos y descubres que, aquello a lo que temiste tantos años de tu vida, en realidad no es tan significante.
Recibe el golpe. La puerta hacia la siguiente versión de ti mismo está exactamente detrás de aquello que más miedo te da atravesar.
Haz eso que te asusta. Hasta que no.

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