Al otro lado de tus decisiones.

 Este jueves celebré mis cuarenta y un años. Hace algún tiempo, no recuerdo ya en dónde, escuché que los años que tenemos son en realidad los años que ya no tenemos. Porque los únicos años que realmente tenemos, son lo que nos faltan por vivir. Y como no sabemos cuántos son, necesitamos asegurarnos de aprovecharlos.


Cuando nacemos, no elegimos nada. No elegimos la ciudad ni la familia. No elegimos el nombre ni las circunstancias. Llegamos al mundo como resultado de las decisiones de nuestros padres. Hasta ese momento somos una hermosa, involuntaria y afortunada consecuencia.


Pero conforme la vida sucede, poco a poco y casi sin darnos cuenta, vamos tomando el control de esta. Y un día, repentinamente, asumimos totalmente el mando. 


Y nos volvemos responsables de nuestra historia. 


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"Las conversaciones más importantes que tendrás en tu vida, serán aquellas que tengas contigo mismo."


David Goggins.


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Hay momentos en nuestra vida que marcan un cambio de rumbo para la misma. Claramente no somos dueños de todos. La vida ocurre. Pero aquellos que sí están bajo nuestro control, generalmente vienen después de una conversación profunda con nosotros mismos. 


Yo he tenido muchas conversaciones profundas conmigo. Sé escucharme. Pero más importante aún, sé bajar mi nivel de tolerancia a aquello que no creo que ni yo, ni mi familia, merezcamos para nosotros. Y accionar cuando es así.


Recuerdo que hace diez años, cuando trabajaba en la Planta de Gamesa en Monterrey y mientras daba mis recorridos matutinos por el patio de remolques, me paraba un momento en el área en donde resguardaban los vehículos nuevos de asignación para los ejecutivos en puestos gerenciales.


Me detenía frente a ellos a soñar e imaginar ese momento en que pudiera brindarle a mi familia una mejor calidad de vida. Fuimos en alguna ocasión a la casa muestra del Sorteo Tec para obligarme a tener una experiencia inmersiva dentro de ese mundo. Para destapar mi cerebro y que pudiera visualizar lo etéreo hecho materia. 


He aprendido algunas cosas en mi camino. 


Aprendí el valor de la disciplina. La real. Esa disciplina silenciosa que nadie ve. Los pequeños hábitos sostenidos cuando nadie te aplaude y los resultados todavía no están ahí.


Aprendí que no puedo cambiar a las personas. Solo puedo cambiar la manera en que las veo. Y que eso, sorprendentemente, a veces lo cambia todo. 


Aprendí lo que ocurre cuando te permites ingresar a círculos de gente que piensa distinto. No solo en lo que dicen, sino cómo lo dicen, cuáles son sus intereses, qué preguntas hacen. Descubrí que el entorno no te empuja, te redefine.


Aprendí a no ser tímido en pedirle a la vida. A no pedir lo razonable ni lo lógico para el momento en que estaba. A pedir lo que creía merecer, aunque en ese momento no supiera bien cómo llegar ahí. Los sueños encuentran su propio rumbo.


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"Lo que obtienes al alcanzar tus metas no es tan importante como en lo que te conviertes al lograrlas".


- Earl Nightingale.


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Me faltan muchos años aún por vivir, o al menos eso espero. Eso deseo. Porque me emociona mucho lo que me falta por descubrir. 


Si cuando nacemos somos el resultado de las decisiones de nuestros padres, cuando morimos somos el resultado de las nuestras. En este momento de mi vida, estoy del otro lado de lo que alguna vez fue mi horizonte. Del otro lado de mis decisiones. 


Pero el horizonte no desaparece cuando llegas a él. Se mueve un poco más adelante, como recordándonos que el punto no era llegar, sino seguir decidiendo en quién nos convertimos mientras caminamos hacia él. 




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