Cuestiona al arquitecto.

 A poco más de un semestre de finalizar mi licenciatura, por allá del 2007, pasaba por un momento tenso en mi vida. Se acercaba la etapa que correspondía al inicio de las prácticas profesionales y yo tenía altas expectativas por ingresar a una buena empresa, donde pudiera mostrarme y asegurar una posición oficial. A la vez tenía miedo de no conseguirlo.


No existía LinkedIn. Buscaba algún correo en internet como punto de contacto en las empresas y les enviaba mi hoja de vida. Aunque la manera más práctica y, también la más cansada, era irme a los parques logísticos y caminar por ellos entregando en las casetas de vigilancia las solicitudes de empleo.


Era labor de todo el día, los días necesarios. Cuando no tienes trabajo y lo necesitas con urgencia, tu trabajo es encontrar trabajo.


Me llamaron en alguna ocasión de una empresa muy reconocida de fabricación de componentes de plástico para la industria automotriz, en Ramos Arizpe. Y me citaron al día siguiente para una entrevista. 


Ya listo y un poco antes de la hora acordada, me surgió un imprevisto. Siendo sincero, nada importante y que pude haber postergado, pero irresponsablemente no lo hice. 


No me presenté a la cita.


Un día después, me marcó de dicha empresa una ingeniera. Quería entender por qué había faltado y, después de inventarle una excusa nada creíble, me permitió una segunda oportunidad.


Llegué puntual a la nueva cita. La ingeniera me recibió muy amablemente y después de una breve entrevista me dio un recorrido por las instalaciones. Me explicó el proceso de producción, de almacenaje y distribución. Me habló de las áreas de oportunidad y de cómo pudiera ayudarle a resolver algunos de los conflictos mencionados.


Me emocioné mucho.


Al final del recorrido, me llevó nuevamente a su oficina para cerrar la conversación. Me entregó verbalmente una muy buena retroalimentación respecto a las habilidades y el potencial que veía en mí. Me dijo que ella creía que empataba mucho mi perfil con el proyecto para el que me buscaban. Todo indicaba que la posición ya era mía.


De pronto, bruscamente, su energía cambió. Elevó el tono, tensó su rostro y su voz empezó a mostrar autoridad. Me dijo que si bien la retroalimentación fue honesta, desde el momento en el que falté a mi cita, ella había decidido que yo no era la persona elegida. 


La segunda oportunidad, el recorrido en la planta, la retroalimentación. Todo esto fue para aleccionarme respecto a la importancia de ser responsable, sobre todo con la etapa que estaba por iniciar. La mujer me colocó una muy dolorosa bofetada de guante blanco.


Magistral.


Tan magistral que esa experiencia instaló uno de los ladrillos en el diseño de mi arquitectura.


---------------------------


"Llega a ser el que eres."


- Nietzsche.


---------------------------


Esta y cada una de las experiencias a lo largo de mi vida, algunas muy dolorosas, constituyen quien soy ahora. Y no hablo de las vivencias en sí, sino del cómo interioricé el aprendizaje de estas. 


Si tuviera que resumir las fortalezas de la arquitectura de mi identidad - modestia aparte - creo que hablaría de mi capacidad para metabolizar la experiencia en significado, una intuición muy bien desarrollada, una gran relación con la incertidumbre elegida, mi capacidad para afrontar la presión, mi disciplina e impulso de materializar aquello etéreo a lo que anhelo, mi capacidad de empatía y el desarrollo del vínculo humano.


Todo esto que estructura ahora mi identidad, me ha traído hasta aquí. Pero llega un momento en nuestra vida en el que tenemos que obligarnos a hacer un alto y confrontar nuestros esquemas mentales. Cuestionar al arquitecto.


¿Por qué actúo como actúo? ¿Qué debería estar cambiando para avanzar? 


¿Quién soy si dejo de ser quien he sido?


---------------------------


"Vive las preguntas ahora."


- Rainer Maria Rilke.


---------------------------


Cuando esa armadura que te construiste empieza a pesar más que la batalla que enfrentas, es momento de darte permiso de romper tus propios patrones. Invitarte a la autocontradicción.


Y no me refiero a desechar aquello que por muchos años me ayudó a progresar, sino a dejar de hacerlo por temor a perder lo que he conseguido. Dejar de actuar en modo supervivencia. 


No soltar. Integrar.


Si cada uno de nosotros es el arquitecto de su propio destino, está bien de cuando en cuando cuestionarlo. Quién era y cómo veía la vida cuando empecé mi diseño, distan mucho de quien soy ahora. 


Y en ese camino, permitirme llegar a ser quien soy.




Comentarios

Entradas más populares de este blog

Y el tiempo pasó…

Un Domingo cualquiera.

The show must go on.