La arquitectura de la identidad.
Hace unos días me envió Linda esta foto. Me despertó muy bonitos recuerdos. En aquel tiempo recién nos habíamos mudado a esta casa, era por allá del 2013. Teníamos ya tres años juntos en matrimonio. Yo andaría por mis 28 años y Linda por los 25. Éramos unos jovencitos.
Esa casa significó mucho para nosotros, porque era una prueba de progreso. El lugar donde iniciamos nuestra relación ya nos quedaba muy chiquito, y Santiago ya en esta etapa no tenía espacio suficiente para hacer sus desmanes.
Hasta este momento de mi vida, yo creía que en algunos seis u ocho años pudiera aspirar a un puesto de jefatura, y ahí poco a poco ir construyendo un patrimonio para Linda, Santiago y para mí.
La vida nos tenía otros planes.
Un año después de esta foto ya estaba Sofi con nosotros, y su llegada fue un momento hermoso. Pero a partir de ahí nuestra economía se empezó a complicar un poco más.
Bueno, no. Mucho más.
Ya para el 2015 la situación estaba muy tensa. Los gastos imprevistos eran frecuentes y ejercían una presión muy grande sobre nosotros. Y yo no paraba de preguntarme qué era lo que estaba haciendo mal. Ese camino que habíamos elegido era el que la tradición dictaba que teníamos qué seguir.
Pero yo no quería vivir así.
---------------------------
"No cantamos porque somos felices, somos felices porque cantamos."
- William James.
---------------------------
A principios del 2016 surgió una posibilidad para una jefatura en Monterrey. Era algo que movía completamente nuestros planes. Mi mente racional me decía que vivir en Monterrey era más caro y que el incremento que pudiera obtener se iba a diluir en los gastos incrementales. Por otro lado pudiera no estar a la altura de la expectativa del rol. Al menos en Saltillo teníamos algo seguro.
En realidad Monterrey no era el problema. Era la imagen que tenía de mí mismo. Tenía miedo.
En los años sesenta, un cirujano plástico llamado Maxwell Maltz descubrió algo que resultaba extraño, mientras operaba a sus pacientes. Él les perfeccionaba la nariz, las orejas, el mentón. Les transformaba el físico. Y sin embargo, muchos de sus pacientes seguían comportándose exactamente igual que antes. Aún y que su apariencia había cambiado. Su imagen interna no.
El tiempo me ha enseñado que no actuamos en base a lo que somos, sino en base a lo que creemos que somos. Y somos como actuamos repetidamente, hasta que lo creemos. W. James decía que la autoconfianza no es un estado de ánimo. No es una condición innata del temperamento. Que no actuamos porque nos sentimos seguros. Nos sentimos seguros porque actuamos.
Ese año nos mudamos a Monterrey.
La vida que en algún momento habíamos imaginado para nosotros estaba por tomar un rumbo que ha superado, por mucho, nuestras expectativas.
---------------------------
"La excelencia no es un acto, sino un hábito."
- Aristóteles.
---------------------------
Nuestra imagen interna tarda en actualizarse. Por ello el actuar repetidamente. La excelencia es un hábito. Y cada vez que nos cumplimos aquello que dijimos que íbamos a hacer, integramos un poco más esa identidad que estamos buscando construir.
Todos somos actores de nuestro ideal propio. Y cuando construímos nuestra identidad sobre cimientos fuertes, nuestra autoestima deja de depender de variables externas. De logros, de bienes, de resultados.
Mi confianza en mí mismo no se sostiene sobre lo que he o no conseguido, sino en mi relación con mi propia palabra.
No hay una versión final de ti en la que la confianza se instale para siempre. Sí esa siguiente versión que se construye en la práctica de elegir, repetidamente, quién quieres ser.
Sin garantía de resultado. Sin validación externa. Solo tú y tu palabra. La arquitectura de tu identidad se sostiene en aquello que te dices a ti mismo, cuando nadie te escucha.

Comentarios