Mi trébol de las tres hojas.

 No siempre fue así. Hubo un tiempo en el que yo creía que la fortuna no estaba reservada para personas como yo.


Tampoco es que haya sido un cambio repentino. Fue un momento de eureka el que me concedió otra óptica desde la cual observar la vida. Un libro sembró esa semilla. Y esa semilla fue solo el punto de partida.


Desde entonces he trabajado en consolidar esta visión. Hoy puedo decir orgulloso que soy un hombre muy afortunado.


Afortunado a pesar de mi suerte.


Recuerdo que inicié mi relación con la lectura desde pequeño. Un tanto por mi personalidad, pero también por mis circunstancias, me resultaba más fácil habitar mi mundo interior que interactuar en la vida real. Y leer le traía mucha vida a mi imaginación.


Papá tiene una biblioteca en casa. En su mayoría son libros relacionados a su profesión y - espero que no lea esto - muy aburridos para mi gusto. Aunque en aquellos años a mí me divertía mucho hurgar en ella con la ilusión de encontrar ahí pequeños tesoros. 


Me pasaba mucho tiempo buscando, leyendo algunas hojas de aquello que a simple vista pudiera parecer interesante y descartando lo que no. De cuando en cuando, aparecía frente a mí algún libro viejo de gran valor.


En esa búsqueda llegué a encontrarme con muchas lecturas de vaqueros; pero también de numerología, ocultismo e hipnotismo. En esa biblioteca conocí a Wayne Dyer, a Joseph Murphy, a Dobson Bosker y al profesor D'Arbó. 


No eran muchos los libros, así que trataba de leerlos detenidamente. Los leía y releía. A esa edad no había prisa.


Había uno en particular que llamaba mucho mi atención. Un libro naranja con un enorme trébol de cuatro hojas en la portada. 


La suerte existe... y usted puede fabricársela, se titulaba.


Paréntesis aquí.


...


Siglos antes de Cristo, los druidas celtas creían que el trébol era una planta sagrada que los protegía de espíritus malignos y los alejaba del infortunio. Lo usaban como amuleto. 


Ya entrada la Edad Media, esta versión se volcó en una narrativa más cristiana. Ahí cada hoja recibió un nombre. La fe, la esperanza, el amor. 


Pero en muy raras ocasiones, se encontraban especímenes con una cuarta hoja. Esta última, la extraña, la que casi nunca aparecía, recibió como nombre: la suerte.


Desde entonces, la buena suerte se representa clásicamente con el símbolo del trébol de cuatro hojas.


...


Cerramos paréntesis.


Escuché alguna vez que cuando cierras un libro al que terminaste de leer, ya no eres la misma persona que lo abrió para iniciarlo. Este libro, sin duda, jugó este papel en mi vida.


El libro planteaba varias situaciones que acontecían a distintos personajes. Las situaciones, en origen similares, derivaban siempre en un escenario de buena suerte y otro de mala suerte. 


Pero había una variable que no cambiaba de historia en historia. Era siempre la misma: la actitud de los personajes frente a su propia experiencia de vida determinaba el rumbo de la misma.


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"Todo puede arrebatársele al hombre menos una cosa. La última de las libertades humanas: 


Elegir su actitud ante cualquier circunstancia."


- Viktor Frankl.


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Hasta cierto punto, es irresponsable pensar que una buena actitud resuelve la vida. No es así.


La vida ocurre. Y hay momentos que duelen, a la medida de cada quien. No es justo restarle peso al dolor ajeno solo porque el propio parece más grande. Siempre habrá alguien que sufrió más. El dolor, sin embargo, pesa igual para quien lo vive.


La diferencia está en lo que hacemos después. Quedarnos ahí, relamiendo la herida. O convertir esa experiencia en algo con sentido. 


Y lo mismo sucede con la mala fortuna en general. Todos tenemos momentos de mala suerte, pero también momentos de buena suerte. Nuestros momentos de infortunio no deben definir nuestra actitud ni nuestras acciones subsecuentes.


En lo personal, algo que me ayuda mucho a metabolizar la experiencia en significado es el siguiente ejercicio:


Me ocurre algo / lo observo / busco un símbolo / lo relaciono con una idea / lo conecto con otra experiencia / intento extraer una verdad transferible.


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"Un símbolo es la mejor expresión posible de un hecho relativamente desconocido." 


- Carl Jung.


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Algo me ocurrió: leí ese libro de La suerte existe en mi adolescencia. Lo observé: cómo llegué a él, cómo lo viví. Busqué un símbolo: el trébol. Lo conecté con una idea: fe, esperanza, amor y la suerte (la extraña hoja que casi nunca llega). Y, finalmente, de ahí extraje algo que pude usar después: que puedo ser un hombre afortunado a pesar de mi suerte.


El trébol de cuatro hojas nunca me ha hecho falta. He trabajado en las tres primeras: fe, esperanza y amor. Y con ellas ha sido suficiente.


No desprecio la suerte cuando aparece. Pero no necesito la cuarta hoja para ser un hombre afortunado.




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