Bajo la sombra del sauce.
La casa en donde viven mis papás, en Monclova, es ahora un lugar que dista mucho de cómo lucía cuando llegamos a vivir ahí. Le han dedicado, al menos, treinta años.
Cuando estaban construyendo lo que ahora son su recámara y la de mi hermana, hubo una larga temporada en la que yo me apropié de la obra negra.
Me fabriqué unas buenas mancuernas con pedacería de fierros que pedí en el taller en donde trabajaba. Ni sé de dónde saqué un viejo costal de box, pero lo colgué ahí también. Y, por último, levanté una banca con bloques de cemento. Mi primer gimnasio.
Más allá del propósito de entrenamiento, era mi espacio para hacer catarsis. Para apagar el ruido.
Y en aquellos años había mucho ruido en mi interior.
Ahí pasé largos atardeceres escuchando Significant Other y Marshall Mathers LP. Callando mis pensamientos a puro sudor. Pero también muchos en silencio. Escribiendo ideas sin relación entre sí. Soñando.
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"Los hombres buscan retiros en el campo, en la costa, en los montes... pero en cualquier momento puedes retirarte en ti mismo. En ninguna parte se retira un hombre con más calma ni con menos problemas que en su propia alma."
- Marco Aurelio. Meditaciones.
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Aquel refugio ha cambiado de forma con el paso de los años. Al principio pensaba que lo había llevado conmigo. Ahora sé que lo llevaba en mí.
Lo protejo mucho. Afuera hay suficientes problemas como para dejarlos instalarse en mi interior. Aun así, siempre se desordena un poco. Me aseguro de limpiarlo con disciplina. Mientras entreno. En mis largas jornadas de manejo. Mientras escribo.
Pero hay otro lugar. Uno que me da paz incluso cuando hay mucho ruido adentro. Ha tenido varias direcciones, y aun así me sigue acompañando.
Cada noche, pero sobre todo en las que más lo necesito, llego al Bosque de los Sauces. Veo a Don Joaquín abrir el portón del residencial con su andar lento. Y el ruido baja.
Estoy en casa.

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