No me sé rajar.
Es injusto asumir que el éxito de una persona es gracias a algún tipo de talento innato. En cualquier ámbito.
Yo lo he hecho.
Pero lo que realmente importa es lo que no vemos. El trabajo detrás que respalda cada uno de los hitos alcanzados.
Leía un artículo recientemente que hablaba acerca del concepto de la tasa del éxito (SR: Success Rate). En términos simples, este indicador mide el porcentaje de resultados positivos frente al total de intentos realizados.
Comparto por acá algunos ejemplos:
1. Frank Sinatra: 1.200 canciones, 209 éxitos. SR del 17%.
2. Babe Ruth: 8.399 intentos, 714 éxitos. SR del 8,5%.
3. Pablo Picasso: 150.000 obras, 1.170 obras maestras. SR del 0,7%.
La matemática es muy dura. Veneramos los nombres, pero minimizamos la cantidad tan grande de intentos que tuvieron qué provocar. A pesar de los fracasos, a pesar de la desmoralizante crítica externa y sin certeza alguna de un futuro prometedor.
La masividad de su trabajo fue lo que convirtió en inevitable ese éxito.
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"Una piedra en el camino. Me enseñó que mi destino. Era rodar y rodar. Después me dijo un arriero. Que no hay qué llegar primero. Pero hay qué saber llegar."
- Canción de José Alfredo Jiménez y famosa en la voz de Vicente Fernández.
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He estado viendo con Linda estos días la serie biográfica en Netflix de la vida del icónico cantante mexicano de música ranchera, Vicente Fernández. Muy buena. Se las recomiendo.
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Aquí un paréntesis. Por allá del 2009 yo vivía en San Luis Potosí. Un fin de semana me organicé con mi roomie, Gera, para ir a visitar Guanajuato y aprovechamos para pasar a la famosísima Feria de León.
Recuerdo que en la Feria había varios artistas, entre ellos, Chente. Yo me sabía sus canciones porque durante los dos años que trabajé en un taller de máquinas y herramientas, a las doce del mediodía en la radio era la Hora de Vicente Fernández.
Pero ese día en la Feria estaba cantando al mismo tiempo que Chente, Ximena Sariñana. Ahí me tienen a mí y a cinco personas más escuchando a Ximena. Claramente todo el mundo estaba en el palenque.
Mi error.
Y no me malentiendan. Xime canta hermoso. Pero era Chente. Y ya no está. Ella sí.
Cierro paréntesis.
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Malamente creía yo que, con tremendo vozarrón del señor, su camino al éxito había sido fácil.
Nada más alejado de la realidad.
Nació en Huentitán el Alto, Jalisco, en una familia humilde. Dejó la primaria a los 12 años para trabajar en el campo. Cuando el negocio de ganadería de su Papá fracasó, la familia entera se mudó a Tijuana en busca de oportunidades.
Ahí fue donde Chente conoció lo que era realmente trabajar. Anduvo en los cruceros. Fue pintor. Lavaba coches. Boleaba zapatos. Todo lo que le permitiera llevar algo de dinero a casa para su Mamá y sus hermanas.
También trabajó como albañil. Y, en medio de todo eso, cantaba. Aprovechaba cada momento que tenía y se ponía a cantar. Llegó a la Ciudad de México con sus ganas de triunfar y comenzó a tocar las puertas de las disqueras.
Le dijeron que no. Que su voz era demasiado ranchera. Que ese estilo ya no tenía futuro. Pero él siguió cantando. Hubo muchos años de silencio, de puertas cerradas, de crítica dura. Y de permanecer. De seguir intentando.
Grabó más de 100 discos. Más de 300 canciones. Protagonizó 34 películas. Vendió más de 65 millones de álbumes en todo el mundo. Acumuló 65 entradas en listas internacionales. Ganó 3 Grammys y 8 Latin Grammys.
El 14 de febrero del 2009 cantó en el Zócalo de la Ciudad de México ante 220,000 personas. El mismo hombre que inició boleando zapatos en Tijuana.
No tengo el cálculo de la tasa del éxito de Vicente, pero estoy seguro que la ecuación refleja claramente la esencia de un gran hombre.
Uno que no se sabía rajar.
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"A mí no me asustan tipos lenguas larga. Que solo presumen para apantallar. Yo soy de los hombres que no temen nada. Y aunque esté perdido no me sé rajar."
- Canción de José Carmen Frayle y famosa en la voz de Vicente Fernández.

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