Impermanente.

 Acabo de comprar mis boletos para la nueva gira Querido, de José Madero. 6 de marzo en Monterrey. Aún no sé cómo nos vamos a organizar para ir. Ya se resolverá, siempre es así. Espero que mi jefe vea esto.


Hace algunos días escuchaba algo respecto a la importancia de perderle el miedo a la incertidumbre. Porque ahí es el único lugar en donde puede pasar algo nuevo. Donde todo es posible. 


Es curiosa nuestra relación con el cambio. Recuerdo que en algún momento de mi vida aspiré también a construir estabilidad para mí y para mi familia. Tener un buen trabajo, una casa cómoda, una rutina. Lo típico. 


Utópicamente, esto se traduce en tranquilidad. Y ¿quién no quisiera vivir tranquilo?


Pero la tranquilidad en algún momento comienza a transformarse en inmovilidad. Y dejamos de tomar decisiones por temor a equivocarnos. Preferimos permanecer en lo conocido porque nos brinda certeza. Y convertimos la certeza en una condición para avanzar.


Y esperando se llega tarde al pasado. La vida no espera.


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"Me doy cuenta de que si fuera estable, prudente y estático, viviría en la muerte. 

Por consiguiente, acepto la confusión, la incertidumbre, el miedo y los altibajos emocionales, porque ese es el precio que estoy dispuesto a pagar por una vida fluida, perpleja y excitante."


- Carl Rogers.


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Ahora, en octubre, cumplí año y medio en Mercado Libre. Estoy a punto de iniciar mi segunda Peak Season. Y ha sido hasta ahora una jornada increíble. Un sinfín de experiencias. 


He tenido la fortuna de reinventarme en distintas ocasiones. Algunas porque las circunstancias no me dejaron alternativa. Pero muchas otras por decisión propia. Y si algo me ha enseñado esto, es que los momentos de mayor crecimiento rara vez estuvieron acompañados de tranquilidad.


Hace año y medio, antes de tomar la decisión, estaba muerto de miedo. Me pesaba la incertidumbre de soltar la falsa certeza que quince años de carrera en la misma compañía te brindan. Sobre todo por el gran aprecio que le tengo y el desarrollo que viví ahí.


Pero hoy, viendo el paisaje recorrido, agradezco enormemente el habernos atrevido una vez más a abrazar la incertidumbre.  


Ser impermanente es una condición inevitable de nuestra existencia. Nada permanece exactamente igual. Ni nuestras circunstancias. Ni nuestras relaciones. Ni nuestras aspiraciones. Ni siquiera nosotros.


Quien soy hoy no es la misma persona que hace diez años. Y tampoco lo seré en diez más.


No sé qué nos depara mañana. No sé cómo resolveremos la logística para ir a ver a Pepe Madero. Sé que lo haremos. No sé cuántas veces más tendré que reinventarme, cuántas decisiones me harán dudar o cuántas cosas que hoy considero indispensables dejarán de serlo.


Cargo suficientes cicatrices para saber que no vine aquí a permanecer intacto. 


Vine a ser impermanente.



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